Más visitante que nunca

Debut fuera de casa

Voy a la cancha desde el año 2003, pero nunca había salido de Mataderos. El estadio Nueva Chicago siempre había sido el escenario en el que, junto a 25.000 personas, alentaba a mi equipo semana a semana.

Ese 11 de marzo de 2013 visite el Nuevo Gasometro. El torito recibía a Rosario Central en el estadio del Club Atlético San Lorenzo de Almagro ya que no quería visitar nuestra cancha. La AFA decidió mover la sede, pero la voluntad de apoyar el verdinegro seguía férrea.

El camino de ida

Sabía que tenía que tomarme el colectivo nº 46, sin embargo, no sabía cual era el acceso para la hinchada «local». Fue un ingreso sufrido, estaba nervioso ya que no quería cruzarme con la hinchada rosarina y tenía que ver por donde ingresaba al estadio, ya que en la zona la seguridad deja mucho que desear.

El partido

Rosario Central venía con un racha de 11 victorias consecutivas y Chicago peleaba por no descender. En esa lógica, el resultado no fue sorpresivo. El Canalla ganó 2-1 y continuó su camino hacía el título y el ascenso a primera división. el Torito de Mataderos continuó su lucha para mantener la categoría.

El regreso

Volver a casa no fue para nada fácil, salir del Pedro Bidegain fue riesgoso. La policía no liberó la zona y el encuentro con la hinchada rival podía ser inminente o, algo peor, sufrir un hecho delictivo, ya que como dije anteriormente, el lugar donde esta emplazado el estadio no es muy seguro. Llegue a casa sano y salvo, el resultado fue anecdotico, pero este partido fue el puntapié inicial para seguir a Chicago en todas las canchas en las que juegue.

Por las manos de trapito

El superclásico por la Semifinal de vuelta de la Copa Sudamericana 2014 fue uno de los que más me marcó. El 27 de noviembre de ese año, se vieron las caras River y Boca en el estadio Monumental (la ida en La Bombonera terminó 0-0) en un partido lleno de emociones.

En lo personal, recuerdo la odisea para ingresar. Pude sortear todos los controles policiales sin entrada y sin protagonizar ningún escándalo. Cada cacheo fue un parto, pero, luego de momentos de incertidumbre, llegue a mi lugar en el mundo.

Quede impactado por el marco de gente que había y por la euforia ante la salida del equipo. Todo era adrenalina hasta que en el minuto 4’ el árbitro cobró penal para Boca. En esos instantes llenos de dramatismo, prometí nunca más volver a presenciar un partido. Me sentía culpable, responsable de la inminente caída. Gracias a Dios, o mejor dicho, gracias a las manos de Marcelo Barovero, trapito para los nuestros, esos pensamientos fueron erradicados de mi cabeza dándole lugar a la emoción, a la algarabía. Con un manotazo de derecha el arquero desvió el remate a media altura de Emanuel Gigliotti.

A los 16’ Pisculichi convirtió el gol que nos daba la clasificación y ahí la alegría fue completa. Recuerdo que el partido finalizó 1-0. Que ese partido fue el punto de inflexió para lo que posteriormente se conoció como la era Gallardo, pero lo que más recuerdo fue no poder retener las lágrimas. Reviví todos los momentos buenos junto a River, pero sobre todo los malos, porque ahí es donde uno comprende el verdadero amor por su club.

La salida de la cancha fue una fiesta. Pocas veces vi repletas de esa forma las calles aledañas del Monumental y tanta felicidad junta. Faltaba la final contra Atlético Nacional, pero esa es otra historia.

Mi primera vez

Lo recuerdo como si fuera ayer, tenía 5 años y vivía en el barrio porteño de Caballito. En esa época , mi viejo era empleado en un local de ropa en Balvanera y todos los sábados volvía del trabajo en una camioneta Renault Trafic. Todas las tardes, mi papá me llevaba a dar una vuelta en la chata, pero con la condición de que le manifieste mi amor por Independiente.

Esa vez, no fue como todas. Influenciado por mi mamá, había manifestado mi simpatía por otro club, por lo tanto, mi papá canceló la tradicional vuelta y produjo mi llanto desconsolado.

Durante horas, mi padre se mantuvo inconmovible, como lo hace un árbitro ante los juramentos de los defensores que niegan haber pegado una patada criminal, pero que igual lo expulsa. Es como si durante ese tiempo en penitencia, él supiese que la firma del pacto de amor eterno sería inevitable.

Cerca del atardecer, él se acercó y, ante mis juramentos de que en realidad era de Independiente, me dijo «vení conmigo» y nos dirigimos presurosos hacia la puerta.

La exactitud de las estadísticas dirá que el 11 de agosto de 1995 se enfrentaron Independiente y Ferro en el estadio de este último. Ese mismo día, gracias a Dios, firmé un contrato de por vida con el diablo.

Fuente: Club Atlético Independiente