El superclásico por la Semifinal de vuelta de la Copa Sudamericana 2014 fue uno de los que más me marcó. El 27 de noviembre de ese año, se vieron las caras River y Boca en el estadio Monumental (la ida en La Bombonera terminó 0-0) en un partido lleno de emociones.
En lo personal, recuerdo la odisea para ingresar. Pude sortear todos los controles policiales sin entrada y sin protagonizar ningún escándalo. Cada cacheo fue un parto, pero, luego de momentos de incertidumbre, llegue a mi lugar en el mundo.
Quede impactado por el marco de gente que había y por la euforia ante la salida del equipo. Todo era adrenalina hasta que en el minuto 4’ el árbitro cobró penal para Boca. En esos instantes llenos de dramatismo, prometí nunca más volver a presenciar un partido. Me sentía culpable, responsable de la inminente caída. Gracias a Dios, o mejor dicho, gracias a las manos de Marcelo Barovero, trapito para los nuestros, esos pensamientos fueron erradicados de mi cabeza dándole lugar a la emoción, a la algarabía. Con un manotazo de derecha el arquero desvió el remate a media altura de Emanuel Gigliotti.
A los 16’ Pisculichi convirtió el gol que nos daba la clasificación y ahí la alegría fue completa. Recuerdo que el partido finalizó 1-0. Que ese partido fue el punto de inflexió para lo que posteriormente se conoció como la era Gallardo, pero lo que más recuerdo fue no poder retener las lágrimas. Reviví todos los momentos buenos junto a River, pero sobre todo los malos, porque ahí es donde uno comprende el verdadero amor por su club.
La salida de la cancha fue una fiesta. Pocas veces vi repletas de esa forma las calles aledañas del Monumental y tanta felicidad junta. Faltaba la final contra Atlético Nacional, pero esa es otra historia.

